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Backrooms: Sin Salida | El laberinto infinito de internet llega al cine, y trae consigo algo genuinamente perturbador.
Hay un ruido de fondo que nunca termina. Luces de tubo que zumban a una frecuencia que el cerebro registra antes que los oídos. Pasillos de moqueta húmeda que se bifurcan sin lógica aparente, teñidos del amarillo más desagradable que un diseñador de interiores jamás podría justificar. Eso son los backrooms. Y ahora, gracias a Kane Parsons, ese miedo sin nombre tiene forma de largometraje.
El fenómeno que llegó del fondo de internet
Para entender Backrooms: Sin Salida hay que comprender de dónde viene. En 2022, un adolescente británico llamado Kane Parsons comenzó a subir a YouTube una serie de cortometrajes de metraje encontrado basados en un creepypasta —leyenda urbana digital— que circulaba desde los foros de 4chan: la idea de que, si uno “cae” a través de la realidad, puede terminar atrapado en un laberinto infinito de oficinas vacías, con aquel inconfundible zumbido fluorescente de fondo. En cuatro años, Parsons acumuló 24 episodios y una base de fans devotísima que analizaba cada fotograma. A24 le abrió la puerta. Parsons tenía 19 años cuando firmó. Hoy tiene 20 y acaba de debutar como el director más joven en la historia del estudio independiente más influyente del terror contemporáneo.
La pregunta inevitable era una sola: ¿puede sostenerse una idea que nació en la brevedad y la ambigüedad de internet durante casi dos horas en una sala de cine? La respuesta es matizada. Pero sorprendentemente afirmativa.
Un arquitecto fracasado y un laberinto sin planos
El guionista Will Soodik ancla la historia en 1990 y en un personaje inesperadamente humano: Clark (Chiwetel Ejiofor), ex aspirante a arquitecto que ahora subsiste vendiendo muebles baratos desde una tienda pirata en Santa Clarita. Divorciado, alcohólico, resentido. Un hombre que nunca terminó de construir nada, atrapado en su propio laberinto personal antes de toparse con uno literal.
La ironía no es sutil —un arquitecto sin obra propia descubriendo un espacio imposible de mapear— pero funciona porque Ejiofor la carga con una humanidad que la trasciende. Su Clark no es un héroe de película de terror; es un hombre que ha dejado de intentarlo, y eso lo hace genuinamente vulnerable. Cuando desaparece al otro lado de un portal que aparece misteriosamente en el sótano de su tienda, quien deberá adentrarse en los backrooms para encontrarlo es su terapeuta, la Dra. Mary Kline, interpretada por la noruega Renate Reinsve.
Parsons favorece la opacidad, las criaturas entrevistas a medias y una creciente sensación de inquietud por encima de los sustos fáciles. El resultado provoca un debate que ninguna jumpscare podría generar.
La atmósfera como protagonista absoluta
El mayor logro de Parsons es trasladar a la pantalla aquello que hacía magnéticos sus videos: la sensación de que el espacio en sí es el monstruo. Los backrooms no son un lugar donde ocurren cosas aterradoras; son el terror encarnado. Pasillos que se prolongan más allá de lo posible, ángulos que no cuadran con ninguna lógica constructiva, superficies que parecen fabricadas por obreros que trabajaban bajo algún influjo alterado —como señala un personaje con siniestra precisión. Para lograr esta experiencia, el equipo de producción construyó más de 2.800 metros cuadrados de sets físicos en Vancouver. Algunas personas se perdieron en el set durante el rodaje. El dato no es anecdótico: es la clave del éxito visual de la película.
Jeremy Cox —director de fotografía— ilumina todo con esa luz fría, fluorescente, vagamente enferma, que nunca genera sombras dramáticas sino una claridad igualmente desoladora en todas direcciones. No hay rincones oscuros que temer. Todo está a la vista, y aun así nada puede verse bien. Es una paradoja visual que el cine de terror raramente consigue sostener.
Dos registros, dos actores, una tensión constante
Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve operan en frecuencias distintas que se complementan con precisión. Él es contención y derrumbe gradual; ella, energía racional que va cediendo ante lo inexplicable. La Reinsve —que acaba de participar en la Palma de Oro de Cannes 2026 con Fjord— demuestra aquí una vez más que puede ser el centro de gravedad de cualquier película sin necesitar de recursos grandilocuentes. Sus mejores escenas son aquellas en que la Dra. Kline enfrenta a Clark con sus demonios psicológicos antes de que ninguno de los dos sospeche que los demonios literales estén a la vuelta del corredor.
Mark Duplass aparece en los tramos finales como Phil, un científico de la empresa Async —familiar para los seguidores de la serie web— que intenta racionalizar lo que ninguna ciencia puede contener. Su presencia ancla la mitología del universo backrooms sin sobreexplicarla, una decisión inteligente.
El precio de la adaptación: lo que se pierde al salir de internet
No todo lo que funciona en 24 episodios de metraje encontrado funciona durante 110 minutos de narrativa cinematográfica convencional. La película tiene el mérito de no abandonar completamente la ambigüedad que hizo grande al material original, pero al intentar construir una historia con personajes, arco dramático y conclusión, inevitablemente traiciona algo de lo que hacía a los backrooms perturbadores: el hecho de que no tuvieran principio ni final.
Algunos críticos han señalado que la mitología del universo se vuelve demasiado explícita en los tramos finales, y que la película funciona mejor como experiencia sensorial que como relato estructurado. Hay algo de razón en ese diagnóstico. Quienes lleguen sin conocimiento previo del universo Backrooms pueden encontrar ciertas referencias opacas y la resolución narrativa algo abrupta. En cambio, para el iniciado, cada detalle es un guiño cuidadosamente colocado.
El sonido es, probablemente, el elemento más aterrador de la película. Edo Van Breemen y el propio Parsons construyen una banda sonora que no avisa, no resuelve, no consuela. Solo persiste.
El zumbido que no para: el diseño de sonido
Mención especial merece el trabajo sonoro. La banda sonora de Edo Van Breemen y el propio Parsons evita deliberadamente los crescendos habituales del cine de terror. En su lugar, propone un dron constante, una atmósfera sonora que opera por acumulación, no por contraste. El zumbido de las luces fluorescentes no es un efecto de sonido: es el latido de una realidad que funciona con reglas distintas. Es el tipo de diseño de sonido que se queda adherido al sistema nervioso mucho después de salir del cine.
Kane Parsons, o cómo internet fabricó un director
El fenómeno que representa Parsons merece una reflexión aparte. Su llegada a A24 no es un accidente ni una apuesta de marketing: es el resultado lógico de una generación que aprendió a hacer cine sola, con software libre, sin escuela de cine, construyendo una audiencia de millones que tiene más sofisticación visual que muchos espectadores formados en salas. Antes de él, los hermanos Philippou llegaron con Talk to Me; Mark Fischbach (Markiplier) sorprendió con Iron Lung. La corriente es real, y Parsons puede ser su representante más talentoso hasta ahora.
Tiene 20 años. Eso, en sí mismo, es la crítica más inquietante de todas: lo que este joven ha construido con el equivalente a nada es la mejor razón para seguir yendo al cine.
Backrooms: Sin Salida ya está en cartelera.
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