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Jun
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Amos del Universo: el héroe que tardó cuarenta años en volver a casa
Travis Knight retoma uno de los juguetes más icónicos de los años ochenta y construye una épica de espada y hechicería que divierte sin del todo convencer. Nicholas Galitzine y Jared Leto salvan la función.
De la repisa de juguetes a la pantalla grande: un camino de cuarenta años
Hay propiedades intelectuales que parecen existir en un estado de eterno casi. Masters of the Universe es una de ellas. La línea de juguetes de Mattel nació en 1982 como una respuesta al fenómeno Star Wars, y su adaptación animada, emitida desde 1983, convirtió a He-Man en un ícono de una generación. El primer intento cinematográfico, protagonizado por Dolph Lundgren en 1987, fue un desastre crítico y comercial que clausuró el proyecto durante décadas.
Casi cuarenta años después, Travis Knight —el mismo director que supo sacar lo mejor de Bumblebee dentro del convulso universo de los Transformers— toma la espada del poder y la empuña con resultados mixtos pero genuinamente entretenidos. La pregunta que sobrevuela toda la película es la misma que se hacen sus propios creadores: ¿a quién está dirigida esta historia en 2026?
La historia: el príncipe perdido que encontró un escritorio
La película abre con una secuencia prólogo de gran aliento épico: la caída de Eternia bajo el dominio del villano Skeletor y la huida del pequeño príncipe Adam. Lo que sigue es un giro narrativo que funciona mejor de lo esperado: Adam lleva quince años varado en la Tierra, atrapado en un trabajo de oficina sin salida, obsesionado con una espada mágica que no puede explicar.
Cuando el arma lo llama de vuelta, el joven debe regresar a su planeta natal, reunir a sus aliados —la guerrera Teela, el tosco pero leal Duncan, también conocido como Man-At-Arms— y enfrentarse a Skeletor para salvar a sus padres y a toda Eternia. Es un esquema clásico de héroe en camino, con resonancias evidentes a los mitos fundacionales del cine de aventuras. No hay originalidad revolucionaria en la estructura, pero tampoco pretende haberla.
El mayor activo de la película es su protagonista. Nicholas Galitzine —conocido por sus trabajos en Bottoms y 100 Nights of Hero— demuestra un talento poco común para moverse entre la torpeza cotidiana y la grandiosidad heroica. Su Adam terrenal, perdido en una vida gris que no comprende, tiene una cualidad genuinamente cómica que humaniza al personaje antes de que la armadura aparezca.
Cuando la transformación llega, Galitzine sostiene el físico con convicción —algo que el propio Dolph Lundgren tuvo la generosidad de reconocer en el estreno de Los Ángeles—, pero lo más valioso es que nunca pierde la mirada de alguien que todavía está aprendiendo a ser el más poderoso del universo. Es un He-Man que duda, y eso lo hace interesante.
Jared Leto devora la escena como Skeletor
Contra todos los pronósticos —y el historial reciente del actor en papeles de supervillano— Jared Leto entrega uno de los Skeletor más deliciosamente extravagantes que el personaje podría haber pedido. Completamente digitalizado, con un acento imposible de categorizar geográficamente y una teatralidad que roza el cabaret, su Skeletor es la razón por la que la película tiene vida propia en su segunda mitad.
Hay en su interpretación el placer culposo del villano que sabe que es un villano y lo celebra. No es el matiz lo que busca Leto —es la saturación, y la encuentra. Cada escena que comparte con Galitzine chisporrotea con una energía que el resto del reparto no siempre logra igualar.
Un elenco poderoso con espacio insuficiente
Idris Elba aporta su habitual dignidad y presencia como Man-At-Arms, un general curtido que funciona como ancla dramática cuando la película tiende a desbocarse hacia el absurdo. Camila Mendes tiene carisma de sobra como Teela, aunque su personaje queda atrapado en una relación con Adam que la guionización no termina de desarrollar. Alison Brie como Evil-Lyn y Morena Baccarin como la Hechicera están notablemente subaprovechadas para el talento que representan.
El problema no es el reparto: es que con 141 minutos de metraje, la película tiene paradójicamente menos tiempo del que necesita para todos sus personajes. Hay al menos tres películas distintas peleando por existir dentro de una sola, y el resultado es una historia que avanza con energía pero sin la profundidad que podría haber alcanzado.
La dirección: Knight sabe hacer espectáculo, pero no siempre sabe qué decir
Travis Knight es un artesano del cine de género y aquí lo demuestra en los momentos de acción: las secuencias de combate tienen escala, movimiento y una fotografía de Fabian Wagner que aprovecha los paisajes fantásticos de Eternia con paletas de color que rinden homenaje explícito a la estética visual de la serie animada original.
El problema surge cuando la película necesita decidir su tono. Amos del Universo oscila entre la parodia consciente de sí misma —con referencias al meme de “What’s Up?” que ya se sentía gastado cuando fue popular— y la épica emocional que exige que el espectador se tome en serio el destino de Eternia. Esa tensión no siempre se resuelve, y hay momentos en que la película parece disculparse por existir en lugar de abrazar con orgullo su excentricidad.
Daniel Pemberton entrega una banda sonora que merece mención especial: grandiosa donde debe serlo, irónica cuando la escena lo requiere, e incluso cuenta con aportaciones de Brian May que añaden una capa de rock clásico perfectamente coherente con el espíritu ochentero del universo que habita.
Entretenimiento honesto que cumple lo que promete: acción colorida, un villano delicioso y un protagonista que sabe cuándo ser héroe y cuándo ser un chiste. No redefine el género, pero no necesita hacerlo para valer la entrada.
